El sexo en caja.

El sexo en caja.

Desde hace tiempo veía en las librerías y en otras tiendas unas cajas que así se anunciaban: «El sexo en caja» por Emily Dubberley, así que me decidí a comprarlas para ver que es lo que nos podían ofrecer, a que precio y si merecía la pena. No hizo falta tenerlas mucho tiempo en la mano para saber que NO hay que comprarlas, hay muchas mejores formas de invertir esos 12.00 euros. Para empezar, a pesar de que pone que el texto ha sido traducido por una persona, no puedo hacer nada más que dudarlo, pues parece una traducción literal hecha por un ordenador, que en ocasiones da lugar a frases sin ningún tipo de sentido. Por otro lado, los materiales no son nada buenos y, si se usasen, no deben durar más de dos asaltos. Pero vayamos por turnos… La primera caja que me dispongo a abrir es la de «Sexo y Fantasía en caja». Me encuentro con una pajarita para el hombre (imposible de ponerse, por otra parte) y un antifaz de lentejuelas rojas para la mujer, de la misma calidad que los que encontramos cualquier Nochevieja en una bolsa de «cotillón». Estos accesorios se encuentran acompañados por unas tarjetas que indican ciertas acciones a realizar y un minilibro de 272 páginas. El libro nos sugiere algunos tipos de fantasías comunes que se pueden llevar a cabo con tu pareja, eso si, faltas todas de imaginación ya que sugieren cosas tan novedosas como jugar a los roles «médico-paciente», «amo-esclava», etc. Vamos, que han pasado 5 minutos y tenemos una pajarita y un antifaz que no vienen ni...
NO!

NO!

Uno de los derechos asertivos que tenemos todas las personas es a decir no sin sentirnos culpables por ello. Parece que estamos educados en la era de la imagen, de la apariencia, de la falsa-buena-educación y, de ahí, que no seamos capaces, a veces, de decir que no en determinados momentos. En todo esto influye el que los padres consientan, el que cedan, el que no preparen a sus hijos para cuando obtengan un no por respuesta y que aprendan a frustrarse ,que eso también se enseña. Pero muchos de ellos sienten culpabilidad por verles poco (por motivos de trabajo, etc.) y piensan que deben agasajarlos y mimarlos, sin darse cuenta que no por castigar a un niño te va a querer menos sino que, al contrario, te va a respetar más, te va a tomar más en serio y vas a ayudar a que se forme un adulto coherente y humilde, no uno egoísta y caprichoso. Tenemos que reforzar nuestra autoestima, dejar atrás las inseguridades y la necesidad de valoración por parte de los demás, saber que no por decir no somos «peores» en algún aspecto, dar prioridad adecuadamente a nuestras necesidades, opiniones y deseos. Todos somos humanos y sabemos que hay veces que algo apetece y, a lo mejor, en otro momento, esa misma cosa no nos apetece. Sin embargo, nos encontramos con parejas que se dejan llevar por el otro, que dan la razón «por no discutir» o con excusas tan débiles como «no, si es que en el fondo a mi me daba igual». Mentira. Seamos honestos con nosotros mismos y con los demás, echemos...

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