No te enfades pero…

No te enfades pero…

Seguro que más de una vez alguien os estaba hablando y ha comenzado una frase así o de ese estilo, ¿verdad? ¿Y qué hace automáticamente eso? Exacto, que te pongas a la defensiva, justo el efecto contrario, porque diciéndote que no te enfades de antemano te predispone a escuchar algo por lo que te puedas sentir afectadx. Lo mismo ocurre cuando alguien termina una relación -sea del tipo que sea- y te dice algo como “antes de nada, no quiero que pienses que aquello que pasó hace unas semanas tiene algo que ver” y, en el fondo, lo que te está diciendo es “esto es por aquello… y lo sabes”. Y es que a veces somos transparentes sin querer serlo e, intentando cubrirnos las espaldas, ponemos en bandeja nuestros verdaderos pensamientos. Es como el otro día que coincidí con una persona que, mientras nos tomábamos algo, no hacía más que esgrimir frases sobre la igualdad entre hombres y mujeres y como éstas últimas -si, nosotras- un día llegaríamos a estar a “su altura”. Qué altura es esa no lo se, pero desde luego éste si se cayó desde ahí y se quedó así, debe de ser muy alto. Su discurso en papel era bueno siempre y cuando no terminase sus frases porque cada puntillita final hacía lo que no quería que hiciese: mostrar lo machista que era. Curioso, ¿verdad? ¿Será por esto lo del refrán aquel de “se pilla antes a un mentiroso que a un cojo”? Porque podemos intentar decir todo lo que queramos, podemos cambiar nuestro discurso pero hay un pequeño detalle, que cuando no te crees...

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