Relato erótico de Pigirl

Bailar Contigo Te encanta jugar a este juego. Perdernos entre la multitud después de un día sin vernos, deseosos por encontrarnos como si nos viésemos por primera vez… Me descubres en el otro extremo de la plaza, llena de gente por la música, y mientras todos bailan nosotros nos mezclamos con ellos. Con el corazón palpitante de anticipación recorremos el espacio que nos separa y al fin nos juntamos. Como si todo fuera nuevo, exploramos el sentido de tocarnos, y bailamos. Puedo sentir el calor que desprende tu cuerpo con sólo acercarte a mí. Estás ansioso y me sacas de allí. Entramos en el edificio del teatro y yo, descolocada, me dejo llevar por tus manos firmes a través de la oscuridad hasta que llegamos al tejado. La noche está despejada y una ligera brisa llega desde el mar. Sin ningún preámbulo, atrapas mi boca con tus dientes y la saboreas. Tus manos me aprietan en la cintura y me arquean hacia ti. Incitándome, bajan hasta mi trasero y lo aprietan, obligándome a ponerme de puntillas. Tus labios me hacen arder cuando te pierdes por mi oreja y desciendes por mi cuello. Tus dedos dibujan el relieve de mis hombros, encendiendo cada centímetro de piel que tocan… Te pones de rodillas en el suelo y abres mis piernas. Quieres volverme loca y vas despacio, besando mis tobillos, subiendo lentamente, probando mi resistencia. Rebasas la frontera de mis rodillas, anclándote en mis muslos. Mis faldas cubren tu cabeza y no puedo verte, sólo sentirte… Pero cuando creo que vas a continuar, la punta de tu nariz roza mi escondite provocándome...

Relato erótico de Pegui

Fuego en el bosque Hace mucho calor para estar a mediados de mayo. Resoplo por enésima vez al tiempo que me agacho a recoger otra botella de plástico. El bosque está hecho un desastre. Formo parte de una partida de voluntarios de prevención contraincendios para limpiarlo antes del verano. —¿Quieres agua? —me pregunta una voz masculina a mi lado. No tendría que haber levantado la mirada del suelo. Me encuentro con el morenazo con el que he estado intercambiando miraditas en la reunión, si vestido estaba buenísimo no veas cómo está sin camiseta, un tatuaje tribal surca la mitad de su pecho y abdominales. El calor se intensifica, esta vez dentro de mí. —¿Hola? —canturrea con guasa, creo que intenta sacarme de mi ensimismamiento pero fracasa estrepitosamente, la sonrisa pecaminosa que me dedica al darse cuenta de que lo estoy devorando con los ojos me deja totalmente fuera de juego. Joder… Soy incapaz de juntar dos palabras coherentes, mi cabeza solo grita obscenidades y ya me cuesta lo mío contenerlas ahí. Su sonrisa se tuerce, sus ojos se estrechan insinuantes, y sus pies se dirigen hacia mí. Su lenguaje corporal me indica que, a pesar de no haber abierto la boca, sabe perfectamente lo que estoy pensando. Intento decir algo, pero su mano acariciando mi mejilla me silencia de nuevo: —Me gustas, me pones muchísimo —murmura con tono sugerente en mi oído, provocándome un escalofrío, las piernas empiezan a temblarme—. No digas nada, solo asiente, ¿quieres jugar? Afirmo sin pensarlo, totalmente seducida; su rostro se ilumina ante la expectativa, su expresión es puro sexo. Me coge de la mano...

Relato erótico de Lilian

Tango Ella entra en escena caminando pausadamente. Se sienta a los pies de la cama y coge una de las finas medias que descansan a un lado. Cruza su pierna derecha sobre la izquierda y la bata de satén color carmesí se abre cayendo hacia los lados. Introduce los dedos de su pie derecho en la sedosa media deslizándola hacia arriba ayudándose con ambas manos, seguidamente inicia una lenta caricia desde la punta de su pie hasta llegar al encaje elástico que ajusta la media a su muslo y baja la pierna posándola delicadamente en la tarima. Hace un gesto para alcanzar la otra media entreabriendo sus piernas y mostrando por unos segundos su pubis bajo un volante de tul rojo. Se escucha un ahogado rumor. Cruza ahora su pierna izquierda sobre la derecha y viste su pierna con la sedosa prenda. Con la pierna aún cruzada se quita la pinza que recogía su melena y la sacude estirando su esbelto cuello hacia atrás. Con los ojos cerrados respira hondo y sus voluptuosos senos se asoman y ocultan entre el rojo satén. Entreabre los ojos y acaricia la pierna recién vestida desde abajo hasta arriba. Deja caer su espalda hasta la cama y eleva ambas piernas mostrando unas nalgas respingonas y blancas que destacan entre el rojo que las envuelve. Juega con las piernas en el aire dejando entrever brevemente la sonrosada intimidad de su entrepierna. Se escuchan voces pidiendo que se abra más. Se baja de la cama con suaves movimientos y deshace el lazo que ajusta su bata dejándola deslizar por su espalda hasta el suelo. Fija...

Relato erótico de Kinney

Sonríeme El sol brillaba en lo alto del cielo a la hora del mediodía en aquella metrópoli. Era un bonito día de primavera y corría una brisa que daba como resultado una temperatura y un ambiente inmejorables. Mario agarraba nervioso el volante de aquel vehículo de auto-escuela que ya había conducido anteriormente, sentía el tacto rugoso en las yemas de sus dedos, notaba como su corazón latía deprisa y una gota de sudor recorría su frente, justo debajo de su pelo corto y rizado de color negro. Sentía las piernas agarrotadas, temía que éstas no le respondieran y no pudiera responder a tiempo ante cualquier imprevisto. Sus vaqueros azules escondían debajo un temblor evidente, más propio de un chiquillo que de todo un hombre de veintiún años. Estaba absorto mirando la carretera, su mirada estaba clavada en el asfalto de aquella vía que conducía a las afueras de la ciudad, que en esta época estaría precioso. Entonces sintió una mano en su muslo que le agarraba con energía, entonces se giró y encontró el rostro amable de su profesor, Toni. Esbozaba una sincera y amplia sonrisa, sus ojos verdes miraban con interés a su nervioso alumno. Se pasó los dedos por su melena rubia colocando sus cabellos, y remató con una frase de una sola palabra, acompañada de un cómplice guiño de ojo que fue muy “Tranquilo”. Tenía solo cinco años más y ya llevaba dos de profesor. Sin duda era un gran profesor, además de una buena persona. Al cabo de un rato el profesor notó que el patente nerviosismo de su pupilo se acrecentaba, entonces decidió ordenarle...

Relato erótico de Herminia

Hierve la Hierba El calendario señala primeros de Julio. Es un atardecer tardío. Desde una radio llegan las notas de “El Chico de la Armónica”, cargadas de muchos recuerdos íntimos. Me acerco al ventanal, con gran excitación en mi cuerpo menudo. Llevo una carta, que acabo de abrir con estupor, en mis temblorosas manos. La primera vez que iba a “engancharme con mi futuro” fue en el jardín que tengo ante mí, después de que interpretara esa melodía como sólo él sabía con su propia armónica, cuyo sonido me acariciaba y desnudaba a la vez. Me siento en un “confidente” que tengo en el mirador. Es mi lugar predilecto. El otro asiento permanece ocupado por un cojín de plumas, mudo, pero siempre atento a mis confesiones. El “Canalla” hace años que ha dejado de ocuparlo. Mi pecho, todavía tieso, aunque pequeño, se agita casi con la misma ansiedad de aquella noche de Luna Nueva, mientras me soltaban torpemente los corchetes del sujetador las manos regordetas de mi “prometido”. Íbamos a transgredir una norma muy radicada en ambas familias: “Llegar vírgenes al matrimonio”. Estábamos dispuestos a ser los primeros en no hacerlo. ¿O hubo otros, pero nunca fueron descubiertos? Una vez superamos nuestros miedos y sabiendo que mis padres no volverían hasta bien pasada la media noche, nos entregamos desenfrenadamente con una pasión inaudita. La pradera era como una extensa cama sin límites, como la excitación que experimentábamos y que a nosotros mismos nos producía asombro. Jamás habíamos sospechado tal fogosidad en nuestro ser amado.Puede que fuera el olor penetrante a hierba recién cortada o su suavidad de alfombra mullida,...

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