Aprendí de ti

Aprendí de ti

Aprendí de ti que hay que buscar a alguien a quien realmente quieras para ser feliz. Aprendí de ti que las emociones no nos hacen vulnerables sino fuertes. Aprendí de ti que trabajando se puede llegar a muchos sitios. Aprendí de ti que si no existe una palabra está bien inventarla. Aprendí de ti que los hombres y las mujeres son iguales. Aprendí de ti a valorar el dinero por lo que nos permite hacer y vivir pero a ser generosa con él y no darle una importancia que no tiene. Aprendí de ti que leer era vivir. Aprendí de ti que escribir solo por el hecho de hacerlo ya es mucho. Aprendí de ti que a los de Calatayud se les llama bilbilitanos. Aprendí de ti que viajando se aprende.
Aprendí de ti que la lealtad es importante. Aprendí de ti que hay mucho más en este mundo que lo que ven nuestros ojos. Aprendí de ti a vivir con música y a bailar agarrada. Aprendí de ti que las palabras siempre y nunca hay que utilizarlas con cuidado pero también aprendí de ti a no tener miedo a hacerlo. Aprendí de ti a apreciar las amistades. Y aprendí de ti que no toda mi familia tiene que tener mi sangre. Aprendí de ti muchas cosas hermosas. También aprendí de tus errores. Para cometer los míos. Y aprendo. Todavía aprendo. Y espero nunca dejar de hacerlo. Te quiero,...
No te enfades pero…

No te enfades pero…

Seguro que más de una vez alguien os estaba hablando y ha comenzado una frase así o de ese estilo, ¿verdad? ¿Y qué hace automáticamente eso? Exacto, que te pongas a la defensiva, justo el efecto contrario, porque diciéndote que no te enfades de antemano te predispone a escuchar algo por lo que te puedas sentir afectadx. Lo mismo ocurre cuando alguien termina una relación -sea del tipo que sea- y te dice algo como “antes de nada, no quiero que pienses que aquello que pasó hace unas semanas tiene algo que ver” y, en el fondo, lo que te está diciendo es “esto es por aquello… y lo sabes”. Y es que a veces somos transparentes sin querer serlo e, intentando cubrirnos las espaldas, ponemos en bandeja nuestros verdaderos pensamientos. Es como el otro día que coincidí con una persona que, mientras nos tomábamos algo, no hacía más que esgrimir frases sobre la igualdad entre hombres y mujeres y como éstas últimas -si, nosotras- un día llegaríamos a estar a “su altura”. Qué altura es esa no lo se, pero desde luego éste si se cayó desde ahí y se quedó así, debe de ser muy alto. Su discurso en papel era bueno siempre y cuando no terminase sus frases porque cada puntillita final hacía lo que no quería que hiciese: mostrar lo machista que era. Curioso, ¿verdad? ¿Será por esto lo del refrán aquel de “se pilla antes a un mentiroso que a un cojo”? Porque podemos intentar decir todo lo que queramos, podemos cambiar nuestro discurso pero hay un pequeño detalle, que cuando no te crees...

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