No te enfades pero…

No te enfades pero…

Seguro que más de una vez alguien os estaba hablando y ha comenzado una frase así o de ese estilo, ¿verdad? ¿Y qué hace automáticamente eso? Exacto, que te pongas a la defensiva, justo el efecto contrario, porque diciéndote que no te enfades de antemano te predispone a escuchar algo por lo que te puedas sentir afectadx. Lo mismo ocurre cuando alguien termina una relación -sea del tipo que sea- y te dice algo como “antes de nada, no quiero que pienses que aquello que pasó hace unas semanas tiene algo que ver” y, en el fondo, lo que te está diciendo es “esto es por aquello… y lo sabes”. Y es que a veces somos transparentes sin querer serlo e, intentando cubrirnos las espaldas, ponemos en bandeja nuestros verdaderos pensamientos. Es como el otro día que coincidí con una persona que, mientras nos tomábamos algo, no hacía más que esgrimir frases sobre la igualdad entre hombres y mujeres y como éstas últimas -si, nosotras- un día llegaríamos a estar a “su altura”. Qué altura es esa no lo se, pero desde luego éste si se cayó desde ahí y se quedó así, debe de ser muy alto. Su discurso en papel era bueno siempre y cuando no terminase sus frases porque cada puntillita final hacía lo que no quería que hiciese: mostrar lo machista que era. Curioso, ¿verdad? ¿Será por esto lo del refrán aquel de “se pilla antes a un mentiroso que a un cojo”? Porque podemos intentar decir todo lo que queramos, podemos cambiar nuestro discurso pero hay un pequeño detalle, que cuando no te crees...
Llega San Valentín

Llega San Valentín

Tengo que decirlo desde ya, no soy nada NADA fan de San Valentín. El “día de los enamorados”, el “día de la pareja”, el día en el que todo es super bonito y nos vamos a cenar juntos y te hago un regalito mientras le decimos al mundo “mira que felices somos”. Como si hacer esas cosas fuese una muestra de ello… y como si a los demás les importara. Tengo que decirlo, muchas de las parejas que vienen a terapia no se saltan ni un 14 de febrero. No me entendáis mal, con esto no quiero decir que si celebras ese día tu relación esté abocada al fracaso ni muchísimo menos, pero que hacerlo no da garantía de nada (salvo de los regalos que compres, claro…) Y no es que tenga nada en contra de divertirse en pareja, crear un plan juntos y celebrar el amor por todo lo alto – ¡al revés!- simplemente me parece que pierde toda la gracias si lo haces sólo porque es San Valentín, como el que tiene relaciones con su pareja porque ya sabemos que toca el “sabado, sabadete”. Tengo que decirlo, soy muy fan del amor y de sus manifestaciones, me encanta la gente que lo muestra sin remilgos, que lo disfruta, pero que llenes la casa de corazones rojos y la cama de pétalos de rosa y que luego, sin embargo, no seamos capaces de hablar de muchos “temas tabú” porque no nos ponemos de acuerdo y discutimos. Pues no, de eso no soy fan. Me quedo con un beso, una mirada y una sonrisa. ¿Y qué me decís de...
Emocionarse o morir

Emocionarse o morir

Ilustración de Javitxuela Hay veces que escribo e intento enseñar algo, explicarlo como si estuviésemos aquí juntxs hablando de ello compartiendo un café, té o cervecita. Hay veces que escribo y escribo, sin rumbo, persiguiendo una idea e intentando que ésta no se pierda entre los dedos y el teclado. Hay veces que escribo sólo por saber tu opinión, tu respuesta, tu reacción. Hay veces que escribo y me emociono, me dejo llevar, recuerdo momentos, personas, sucesos. Esto último me ha pasado hoy escribiendo un artículo que un día leeréis y no porque sea ñoño, no porque sea el artículo en sí muy emotivo, sencillamente porque hay temas que calan, que te tocan. Pensando en ello me he dado cuenta de como cohibimos a veces nuestras emociones, como sentimos culpa o vergüenza por sentirlas, como hay ocasiones en las que nos emocionamos y lloramos y no ha pasado ni un misero segundo cuando ya nos estamos “disculpando” ante las personas que tenemos alrededor. “Perdona, es que me he emocionado…” ¿Perdona? ¿por qué? ¿qué nos pasa a veces? ¿qué nos han metido en la cabeza? ¿que las emociones nos hacen débiles? ¿que llorar no es de valientes? Lo siento, pero no estoy de acuerdo. Si hay algo que nos hacen las emociones es, ni más ni menos, demostrar que somos seres humanos. Personas que sienten, que les importa, que se involucran, que quieren, que aman, que sufren, que añoran, que se apasionan, que disfrutan, en definitiva, que viven. Así que no pidas perdón por tus lágrimas al igual que no lo haces por tu risa. Dejemos de clasificar las emociones en...
Mudanza sentimental

Mudanza sentimental

Foto: Tumblr Todxs hemos pasado por momentos que nos aturullan, que parece que nos sobrepasan. La sensación esa de que viene todo de golpe y nos hace sentirnos como una hormiguilla en mitad del campo: perdidxs, pequeñxs y con dificultades para discernir por donde tirar. Además, fechas como las que se acercan ahora, son muy propicias para que el dicho “querías caldo, pues toma dos tazas” se haga realidad. Es normal que tantos momentos nos hagan quedarnos en estado de shock aunque sólo sea por un milisegundo, es como si estuviésemos de mudanza. Cada problemilla es una caja y de golpe y porrazo nos hemos encontrado rodeadxs de ellas, sin tener nada más que el suelo para sentarnos y esa casa que antes veíamos tan bonita nos cuesta reconocerla. Llegados a este punto tenemos 2 opciones: darnos por vencidxs y perdernos entre las cajas o empezar a ordenarlas y a darlas forma. Llamadme loca pero me quedo con la segunda, ¿vosotrxs? En el momento en el que vayamos “caja” por “caja”, éstas irán abultando menos y, además, nuestra casa irá cogiendo la forma que queríamos darle. Al igual que en las mudanzas, no tenemos porque abrir todo de golpe y colocarlo de cualquier manera. Tómate tu tiempo, ordena el problema, repasa lo que puedes hacer, aprende de lo que piensas, de lo que sientes y trabájatelo hasta pasar a la siguiente caja. Como siempre, habrá cajas más pesadas que otras pero, de la misma manera, también habrá cajas que se vacíen rápidamente y que enseguida den un toque único a esa habitación que está en tu interior. ¿Y si...
La muerte de un paciente

La muerte de un paciente

Hay cosas que no te enseñan en la carrera. Hay cosas que solo la vida hace que aprendas. La semana pasada se murió P. P es -era- mi paciente. P era californiano y, pese a la diferencia horaria y de idioma, conseguimos que la terapia funcionase. El otro día un accidente de tráfico se lo llevó con tan solo 37 años y en mi cabeza resuena el eco de las palabras de su pareja que me ha llamado hoy para contármelo. “He’s gone“. Todos vamos a morir, lo sé, lo sabes, lo sabemos. La verdad es que no me había planteado que un día alguno de mis pacientes podía morir. Sinceramente, es un momento difícil, extraño, es una situación que me deja congelada porque conocía a esa persona y ahora ya no está, se fue. Esto no me lo enseñaron en la carrera. Se que algunas personas piensan, cuando acuden a terapia, que somos un poco robots o extraterrestres y que no nos importan realmente. Seguramente existirá gente así que se mueva por dinero o vete tu a saber -hay de todo en este mundo- pero, afortunadamente, para la mayoría de nosotros sois personas, no sujetos y deseamos lo mejor para vosotros. Hay cosas que no te enseñan en la carrera. Hay cosas que solo la vida hace que aprendas. Buen viaje,...
En voz alta…

En voz alta…

Hasta que no lo dices en voz alta no es real. Existen momentos que se quedan como en el limbo de nuestra vida, parecen estancados en el tiempo, sentimos el botón de pause apretado en nuestro mando a distancia. Todo ha cambiado pero aún no del todo porque nuestra realidad es una realidad compartida, porque hasta que no hacemos partícipes a alguna persona de lo que está pasando es como si todavía no hubiese pasado. Y nos quedamos parados, porque el cambio asusta, porque a lo mejor no lo buscábamos o porque, aunque sea algo que queremos, muchas veces cuesta dar el primer paso, levantarse de la cama y darte cuenta de tu nueva realidad. Si lo callases quizás permanecerías en ese punto eternamente, quien sabe, igual la vida seguiría avanzando y tú con ella dentro de un envoltorio que ya no va contigo, como el muñeco que se queda eternamente en su caja y que nadie juega con él, inútil, solo. Pero das el paso y lo dices en voz alta y, tan sólo de esa manera, te das cuenta de que has accionado un interruptor y que esa luz nueva ilumina ahora tu vida. Todos lo hemos vivido, todos hemos sentido ese cambio, todos hemos estado en ese momento exacto que parece dividir una vida de otra, que separa con un “clic” el como son las cosas ahora de como nunca volverán a ser. Por eso es normal que a veces nos de miedo decir ciertas cosas. Cuando es algo positivo porque nos da la sensación de que se evaporará a medida que salgan las palabras por...
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