No te enfades pero…

No te enfades pero…

Seguro que más de una vez alguien os estaba hablando y ha comenzado una frase así o de ese estilo, ¿verdad? ¿Y qué hace automáticamente eso? Exacto, que te pongas a la defensiva, justo el efecto contrario, porque diciéndote que no te enfades de antemano te predispone a escuchar algo por lo que te puedas sentir afectadx.

Lo mismo ocurre cuando alguien termina una relación -sea del tipo que sea- y te dice algo como “antes de nada, no quiero que pienses que aquello que pasó hace unas semanas tiene algo que ver” y, en el fondo, lo que te está diciendo es “esto es por aquello… y lo sabes”.

Y es que a veces somos transparentes sin querer serlo e, intentando cubrirnos las espaldas, ponemos en bandeja nuestros verdaderos pensamientos.

Es como el otro día que coincidí con una persona que, mientras nos tomábamos algo, no hacía más que esgrimir frases sobre la igualdad entre hombres y mujeres y como éstas últimas -si, nosotras- un día llegaríamos a estar a “su altura”. Qué altura es esa no lo se, pero desde luego éste si se cayó desde ahí y se quedó así, debe de ser muy alto. Su discurso en papel era bueno siempre y cuando no terminase sus frases porque cada puntillita final hacía lo que no quería que hiciese: mostrar lo machista que era.

Curioso, ¿verdad? ¿Será por esto lo del refrán aquel de “se pilla antes a un mentiroso que a un cojo”? Porque podemos intentar decir todo lo que queramos, podemos cambiar nuestro discurso pero hay un pequeño detalle, que cuando no te crees lo que dices, se nota y mucho.

Esto siempre me recuerda a Teo, mi profesor de Psicoanálisis, cuando hablaba de cómo muchas veces las cartas que dejan las personas al suicidarse exculpando a la gente, en realidad no hacen más que inculpar. Te digo que no te preocupes, que no es por ti ni por todo aquello que pasó y, sin embargo, esa carta se transforma en un dedo delator lleno de  los motivos que me han llevado a ello.

El tema es que podemos intentar ocultar lo que somos -no se con qué utilidad pero podemos-, podemos intentar cambiar nuestro discurso, podemos pasar de puntillas por un tema intentando que no nos salpique pero no nos damos cuenta de que, aunque pases así por un charco, vas a seguir dejando huellas en el suelo.

¿Y qué me decís del clásico? “No eres tú, soy yo.” al terminar una relación de pareja. La realidad es que eso es verdad pero intenta no serlo. Me explico. Mucha gente la usa como excusa, para no decirte lo que no me gusta de ti o lo que me molesta te digo que soy yo quien está con la cabeza -y el corazón- hechos un lío. Pero la realidad es que, esa frase-escudo que hemos creado es realmente cierta porque a tí no te deja de gustar alguien por lo que hace sino por cómo te hace sentir lo que hace, ¿no crees? Es para darle una vuelta.

Os veo leyendo esto y pensando ¿a dónde quiere ir a parar? y la verdad es que, no os enfadéis – ¿estáis viendo lo que estoy haciendo?- pero no va a ningún sitio específico, tan sólo sentía las ganas de poner esto en palabras.

Besos a todxs

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